(Cabaiguán, 1961)
Escritor, investigador y promotor cultural.
en Galerie UNESCO l'oeuvre de Edel Morales, Cubain
résidant à la Havane
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Lejos
de
la corriente
Edel
Morales
Poesía
Escribí estos poemas durante veinte años.
Las cosas han cambiado mucho en ese tiempo, algunas más allá de todo límite
previsible. Esos cambios han dejado su huella en la escritura, también en mi
biografía, en las lecturas realizadas y en los escenarios económicos,
sociales, tecnológicos o naturales en que interactuamos. Pero mi idea de la
poesía y del ser humano que la hace, necesita y merece no ha variado en lo
esencial. Y creo que estos textos muestran esa continuidad.
No se si es bueno o malo. A mi me complace,
amigo Lector, encontrar estremecimientos y preguntas similares en todo el
trayecto, descubrir que las palabras sostienen su sentido, y que su intensidad
es mayor cuando han expresado bien el instante de su ya difuso origen.
Quisiera, por supuesto, que esa esencia
permanezca. Que no se erosione el sentimiento. Que sea otra vez febrero cuando
vuelvo a este poema: Tienes la cólera/ el enigma/ la sabiduría// el halo de
luz/ la altiva belleza// y el deseo irrefrenable/ que extravía la razón// Así
debieron ser las diosas/ que cantaban los antiguos. Y que en el pórtico de un
libro de poemas sea posible siempre una dedicatoria sencilla, como esta:
Para
Vivian, por amor.
Luis
Rogelio Nogueras
la
belleza no es nada
sino
el principio de lo terrible
Rainer
María Rilke
Desde el año de la noria
Contaba una vez un rey
que
ganó su trono en la sangre.
Yo, y el que ustedes imaginan fiero,
nos hemos visto antes.
Alguna luz murió sin ser por el
cansancio.
Algún ciruelo perdió raíces desde
entonces.
Pero no hay día más terco que los años
de la adolescencia firme.
Yo, y el que ustedes imaginan,
preguntamos juntos.
Era el año de la noria con barcos en la
costa.
Todos gritando abajo.
Todos gritando arriba.
Todos listos a caer y hacernos piedra,
mientras eso fuese una manera de elevar
la confianza.
¡Qué terrible el tiempo para
trastocarnos tanto!
¡Qué fulgor de espejos para
confundirse uno!
Porque ocurre como en
las viejas historias.
Yo, y el que ustedes imaginan,
estamos mirando hacia un cielo distinto.
Y así jamás la estrella brillará para
los dos.
Así jamás el
grito será igual en los parques públicos.
Somos únicamente
peces regados por la crecida.
El otro, y este que ustedes imaginan
fiero,
al acecho del momento de saltar.
¡Oh, voz, no calles,
antes de cruzar los miedos!
Noches de 1980
He visto caer el sol
detrás de las colinas.
Como esos viejos que se detienen
y pasan las calles
aferrados a mi mano.
He visto caer el sol
detrás de las colinas.
Y siento caer las noches de la isla
encima de mi cuerpo.
Tercera mirada a la sicología del poema
Escojo palabras en la claridad del día.
Sé que es inútil
—el resplandor, los claroscuros,
la más profunda sombra.
Quise un cuerpo limpio y fuerte.
Quise caminar por el país.
Quise decir lo que sabía y lo que soñaba.
Escojo pedazos de agua en la claridad
del día
Sé que es inútil —mi inocencia, mi
rabia,
mi tristeza de niño frente al acero de
las armas.
Ustedes no conocerán la historia.
Yo quisiera estar sentado en el suelo de
una casa,
con varias maravillas al alcance de la
mano:
una bebida fresca y excitante, una música
que ayude
a caminar por el país, el brazo
izquierdo y suave
de una muchacha largamente conocida,
y las voces de mis nueve amigos más
queridos y leales.
Yo quisiera que algún narrador contara
por mí
las dos historias.
Salí a la calle,
tuve un sitio, elegí mi voz.
Sé que es inútil —la rabia, la tristeza,
la inocencia de un niño frente al peso
de la historia.
Pero estoy sentado en el suelo mientras el tiempo transcurre.
Miro pasar el resplandor, los claroscuros,
la más profunda sombra.
escojo
palabras, pedazos de agua en la claridad del día.
Y escribo mi esperanza de que algún narrador
pueda contar la historia.
Y gozo decir: buenas noches. Y no olviden.
Desplazamientos
Antes
la
luz
brillaba
en
los
altos
edificios.
Antes
no
era
hoy
que
me
hago
estas
preguntas.
Partir
Ya para entonces
me había dado cuenta
de que buscar era mi signo.
J. CORTÁZAR.
Fiel a su manía de partir,
el niño que fui me azota el costado.
Estoy ante el espejo
y nadie entiende mi ahogo:
por qué recorro la casa, abro las
ventanas,
y el aire sigue detenido.
Duele mucho este
silencio:
la leyenda de puertas
tapiadas
que no dice nada de mí,
y el tiempo paciente moviendo su garrote.
No puedo
cortar el corazón y ponerlo en la sala
a que incite el hambre de los
visitadores:
siempre el sol,
con sus figuras veloces sobre las lajas del patio,
trae a mis tardes de abril la inquietante belleza
y la cruda eternidad del cambio.
Quiero arder en un
final que parezca aventura
y despierte aquella voz de antaño,
cuando burlaba las vigilancias mejor
establecidas.
Quemante, bueno y fiel a su manía de
partir,
el niño que fui sonríe, dice adiós,
azota gustoso mi costado.
Y las lajas del patio comienzan su largo incendio:
una curación más palpable que cualquier cicatriz.
Los pies desnudos
No tengo nada.
Sólo el amor
de una muchacha
y mis párpados abiertos.
Así puedo
correr sobre la hierba
húmeda y punzante.
Sabiendo
que a esa certeza
llamarán locura.
La libertad es
infinita. Sic
Bajo el duro afiche que da sentido a
esta hora,
contemplo el rostro de los bailadores.
Manos distintas se mueven en el aire.
Se mueve una voz,
muchachas pegadas al sudor
y las guitarras que una estrella acerca
por su luz.
Fascinados en esa alucinación giramos
libremente,
sin miedo y sin otra voluntad que estar
vivos,
así giramos, todos bellos en el crepúsculo
de la ciudad.
Pasa Laura llevando el ritmo en los
labios.
Pasa Fernan con un toque de rock sobre
botellas.
Pasa el mar, azul y gris clarísimo.
Blancas monedas que la libertad desnuda.
Contemplo el rostro
de los bailadores
y el efímero resplandor de las cosas más
puras.
¡Qué difícil para mi ojo humano
mirar de frente esa única luz!
Pero siguen dentro refulgiendo sus destellos.
Toda una noche con la
mano en el agua
Bailar de noche con las manos en la arena.
Nadar pegado a los entrantes.
Y mis dedos no tendrán
paz hasta encontrar el fondo
donde como en un cielo habitan gaviotas
—la iridiscente luz de los huesos de
los ahogados,
golpeando en mis ojos para no caerme.
Qué marea en las pupilas, qué cuento
de nunca acabar.
Una braza tiene
longitud, la otra recurva
hacia la costa de piedras para ganar los
cocos.
Un lugar definitivo es La Boca,
con su tradición de veleros que bajan
al río
y una muchacha pegada al gobernable.
Qué duras piernas las mías para no ceder
al abrazo de las algas.
Si los peces me
llevaran a la próxima frontera
y una vez allí saltase yo —como
Armstrong o Colón,
pero sin fotos ni reproducciones.
Qué marea en las pupilas, qué cuento de nunca acabar,
qué duras piernas las mías para no ceder
al abrazo de las algas.
Nadar toda una noche con la mano pegada a los entrantes.
y los párpados cansados, subiendo
la fosforescente caja de los que quisieron bailar.
¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre?
¿Quién?,
cuando mi hermano termina el lazo en su
segunda bota
y Addis Abeba se mece como una flor.
Otro mes los camiones bajaban la
cordillera en niebla
y mamá preguntaba por las manos de
Miguel.
Cubavisión, Correos Air, toda la noche un sólo sueño
y titila azul el satélite a lo lejos.
¿Quién ordena en este mundo el lamento
de mi madre?
¿Quién
desde una casa ingrávida y ajena
dicta así mi insomnio,
ordena en este mundo el lamento de mi
madre?
Viene con dos lágrimas
en cada mano plural
y yo
Me acuerdo que jugábamos esta hora,
y que mamá
nos acariciaba: “Pero, hijos...”
Por el jardín y en
cada laja del patio
pasa, irredimible,
el tiempo,
pasa, irredimible y
fugaz, todo el tiempo;
y pasan, vigilantes, los grillos, la única
luciérnaga
con luz, con luz, con luz.
no tardarás, Miguel, susurro, no tardarás.
Pero el mundo es un nicho cerrado, las
horas
un juego cruel, el tiempo un lamento
humano
—redondo
y olvidado y cruel
y
otra vez redondo y olvidado y cruel y muchas veces más.
un simple nicho olvidado después de la explosión.
Estación de
invierno
Abro completamente
desnudo la ventana
y miro: arriba las
estrellas siguen alumbrando
una fiesta de la que sólo
escuché el rumor.
Músicas que no siempre
fluyen para el hombre
en la noche irónica y
danzante.
Música sin la fantasía
de mis dedos.
¡Qué largo es el
silencio!
Contempló el
ancho cielo estrellado de mi patria
y esas calles que se
alejan, se pierden, me dejan solo...
Músicas que van y vienen
y regresan luego,
danzando libres y no
iguales hacia y desde un mar sombrío.
La felicidad adormece mi
voz y luego se aleja,
mientras abro
completamente desnudo la ventana
y miro.
Toda la cabeza
Un pájaro
se mueve
en las maderas del techo.
Está apedreado
y no podrá
salvar el ruido de sus
alas.
Pero se acerca a las
vigas más duras.
Su traslación
es mínima, inapresable,
capaz de enloquecernos.
Y en la gravedad de sus
plumas
se nos pierde el fuego
del arquero.
Sufro en agonía
este dolor
de entonces:
el pájaro que cae,
se mueve
y alcanza las vigas más
duras.
El mínimo,
inapresable,
infinito dolor
de las patas de un pájaro,
haciendo caer hacia
nosotros
el polvo de su eternidad.
De la ausencia y la noche
No queda más que marcharse.
Y buscar luciérnagas en los patios
dormidos.
Y conquistar en la ciudad los puentes.
Y habitar en soledad la casa.
Y dibujar tus ojos en las paredes
blancas.
Y regresar despacio hasta la puerta.
Y olvidar tus ojos, y olvidar, y
olvidarlos.
Sabiendo que mañana o luego, siempre
la noche los traerá.
Calle G. 1982
Una noche partíamos almendras en la
calle G.
Eran más de las 12 y tú y aquella saya de flores blancas,
parecían la eternidad.
Yo me detuve un momento a contemplar la luz
y el paso de los autos por La Habana de 1982.
Todo resultaba tan sencillo.
El viejo mar bendito frente a la estatua de Calixto García.
Tu rostro avanzando en la semiclaridad de los pinos.
El golpe con que mi mano buscaba
en la roja intimidad de la almendra.
Todo resultaba tan sencillo
como la vida del agua que se escurre entre los dedos.
No debía venir nadie.
No esperábamos a nadie.
Yo me detuve un momento a contemplar la luz
y el paso de los autos por La Habana de 1982.
Tú, y aquella saya de flores blancas,
parecían la eternidad.
Mujer gozando su desnudez
Las piernas recogidas,
el pelo cansado,
distinta.
Ha dejado su temor
junta al último café,
ahora goza mi
presencia.
La semipenumbra
y los discos moviéndose
en la madrugada,
permiten un espacio
para el deslumbramiento.
Está sentada sobre
el piso
y mira sin palabras
la esperma que deja
en los mosaicos
la vela de la
fortuna.
Escucha una canción
de ángeles.
Goza en su cuerpo mi
presencia.
La limpieza de su
cutis y la lentitud de abril
me ofrecen en el
espejo manchado
la otra cara de la luna.
Sólo ardiendo
Nadie sabe si al fin te alcanzaremos:
cazadores demasiado torpes para tu
huella
y para esa luz que oculta permanece en el fuego.
un verso que
me rinda,
dice tu voz perdida en la hojarasca.
Y nadie sabe si al fin te alcanzaremos,
cegadora.
En la densa claridad de los trópicos
lo único cierto es que te seguimos.
Con fiebre.
Un poco de amor en la mano izquierda
Estoy sentado en la misma piedra que mi mano quiso.
No pregunto, ni blasfemo, ni escojo nada.
Sonrío como un héroe de novelas triste y solo.
Fumo para quemar las semillas más terribles del miedo.
Y miro en silencio a través de la ventana.
En los círculos que las luces dejan sobre los parques abiertos
alcanzo a ver un rostro que sostiene el fuego.
Cerca los perros muerden este diciembre blanco y mudo.
Nada recuerda esta noche el tiempo feliz.
Por esa helada quietud se han marchado los amigos,
luego también las escasas muchachas.
No pregunto, ni blasfemo, ni escojo nada.
Sonrío con la bondad y dureza que he visto sonreír a mis héroes
y espero en silencio la próxima lectura.
Afuera pasan los días de Navidad.
Entrañablemente azul tras la muda hojarasca de diciembre,
el fuego de los creadores sostiene mi cielo.
1983 no era un año triste
Guarda esas fotos en el forro de tu abrigo,
y guarda esa cara de circunstancia:
1983 no era un año triste,
lo sabes tú y lo saben las paredes del Club.
Deja que el tiempo arrastre esas nubes.
Deja tu rabia vagar en esta carne blanca y suelta,
la carne que el cielo te dio.
No trates de explicar el color de las luces.
Escoge una pregunta
cercana a la claridad de las voces más jóvenes,
y guarda esa cara de circunstancia.
Lo sabes tú y lo saben las paredes del Club:
1983 no era un año triste.
Como en las fotos del Mar
Atlántico,
que Enrique guarda en el
forro de su abrigo,
ahora todos
miramos al cielo
fijamente.
Con su guitarra y su
silencio
Fran arpegea en las
botellas, y quiere llegar,
y la vida vale o no, pero
aquí estamos.
Tere afirma su manía de
nubes en la boca
y sus príncipes mendigos
que nunca quisimos
comprender,
porque la amábamos tanto;
la amaba yo soñando en
el muro
de espaldas a las
preguntas de mi cuerpo;
todos, alguna vez, fuimos
su insomnio verdadero.
Si todavía Mandy fuese
el mejor anfitrión,
Monsieur
Zaping in Zaping's Club,
descorcharíamos otra vez
la Havana,
y el pasitrote de Fernan
perdido en las minas
sería el más fantástico
juego,
la mayor felicidad para
los golpes de Ale.
Eran otros años,
nosotros demasiado jóvenes
para entender esa
historia
de gente dispersa en el
mundo.
Nosotros demasiado jóvenes
pero muy seguros
de que Fillo no mintió,
de que a medio paso del
dos mil no se regalan islas.
Como en los rostros del
Mar Atlántico,
murales del Zaping's Club
jamás borrados por el
peso de la bruma,
cada uno es el genio,
todos latiendo en un
mismo corazón,
vigías de un tiempo
que nos costó la infancia.
Con el muro a la espalda
Murió el tiempo de los cómplices.
Felicidad de las horas girando hacia el
día
de llamarnos cómplices
—relámpago, aproximación, tiempo de
los cómplices
ya muerto.
Cómo querría encontrar ese alguien
que confirme la inasible nostalgia
en su retorno y escape.
No he pedido que aparezcas igual,
con el muro a la espalda
y una lealtad más fiel que los brazos
pactados.
Pronto es para engañarse.
Sólo por hacer algo fija las estrellas
ganadas,
los años que ardieron
como el aire fuerte en la dispersión
del fuego.
No olvides tú ese rumor que escapa.
Murió el tiempo de los cómplices,
ha muerto.
Y miro la ciudad volver de sus mejores días.
Y miro la gente que va y viene despacio
junto al mar.
Y me pregunto con el muro a la espalda:
¿Tan solo será la vida
un tiempo posible?
Fábula del hombre
y la ciudad
I
Sentados junto a
una vieja cruz de madera
cuatro pescadores miran
al mar.
Aguas lejanas y muertas,
un hombre solo por las calles.
Son imágenes que preciso,
los últimos lugares
que vieron sus miradas de
testigos.
En sus palabras, y en el
relato de otros protagonistas,
recuerdan los miedos de
aquel año.
Escuchan el silencio de
treinta mil rostros
perdidos en su memoria de
niños.
Los cayos barridos por
las olas, la ciudad apagada.
Luego llega la luna y
tensa los cordeles
sobre el tranquilo mar
del sur.
Hasta la claridad del día
siguiente.
II
Habrá otro silencio en
la poca arena de las costas,
han dicho mirándome a la
cara.
Con el tono de las cosas
inevitables.
Es la memoria de la sal
en el aire de la noche,
el color del miedo en sus
brazos desnudos.
Yo respiro en ese
lenguaje de pescadores
la temporalidad
manifiesta de mis veintiséis años.
Yo espero con la mano en
la cruz
una voz que magie mi
nombre y mis ojos de tigre.
Por ella atravesé el país
y vine a esta playa.
Luego regreso por un
camino de piedras
a mi habitación de
hombre de paso en la leyenda.
Y veo cómo se apagan sin
amor las casas a lo lejos.
III
Hay un cuerpo en la cruz,
unas calles en penumbra,
una magia que muere entre
las aguas.
Una línea de sombras
donde se corta el horizonte.
Vuelvo a la costa por
este silencio antiguo
que desde ayer los
pescadores me anunciaron.
Ciudad anclada en el
letargo, y una bella mujer
que se pierde entre el
fuego y la tristeza.
Ciudad de míseros
rituales, donde escucho y miro
y palpo cada día la
simple repetición de estas imágenes.
Nadie puede sin cambiar
retener de verdad sus mitos.
Esas lunas de la memoria
de los niños
se hunden para siempre
bajo este cielo acabado.
Desde el mar avanza en
ras la marea deslumbrante.
Noches de 1985
He visto encenderse
las luces del parque.
Semejantes a un
ahogado que vuelve
abrieron los ramajes para mí.
Y puedo ver el blanco borde de los cielos.
Historia tan
contada
Vuelve, soplo queridísimo, a mi vida.
Vuelve, y no
olvides:
volaban pájaros
en el cielo, el amanecer llegaba,
y nadie dijo: acabaré
rendido.
Lo recuerdo
todo en este minuto de agosto.
Tú y yo y el
alto amanecer.
Tú y yo y pájaros
que volaban
en el alto
amanecer.
Tú y yo
sabiendo que alguna vez el cielo
sería algo más
y estaría más cerca.
Tú y yo,
soplo queridísimo,
mirando por
los mismos ojos.
¿Acaso
olvidaste el sonido de las aguas?
En la herida
burbujea su historia tan contada.
Hacia la claridad que asoma en el alto amanecer
vuelven los pájaros
a buscar el cielo.
Mira: cuando
termine el silencio habrá nuevas voces.
Mira: cuando
demos la cara los partos serán felices.
Yo te espero, soplo queridísimo, no me faltes.
Mientras arda el fuego
Yo estoy seguro o muy
seguro:
los espectadores
desconocen lo que vale una voz,
o el peso de una voz en
medio del fuego,
lo que cuesta adelantarse
sin inmunidad.
Mientras arda el fuego.
Mientras caigan los
hombres en mayo.
Mientras cada palabra
cueste una vida.
Con los dedos subiendo al
despeñadero,
hasta desnudar la rojez
de la brasa.
Mientras arda el fuego.
Mientras caigan los
hombres en mayo.
Mientras cada palabra
cueste una vida.
Los espectadores bailan
en un pie
y nosotros marcamos el
ritmo,
el sabor eterno de estas
otras canciones.
Mientras arda el fuego.
Mientras caigan los
hombres en mayo.
Mientras cada palabra
cueste una vida.
Con los dedos subiendo al
despeñadero,
hasta desnudar la rojez
de la brasa.
Espectadores siempre hubo,
al margen de la historia,
espectadores en su
inmunidad.
Yo estoy tan seguro de
esta voz
como del tiempo.
Yo también
tuve un silencio
No estoy escondiendo nada.
sólo dije, calmado y para todos:
No creo en los
murmuradores.
Van y vuelven por el largo pasillo.
Van y vuelven, pero no adelantan un paso.
Yo también tuve un silencio.
Cada amanecer en el mundo un vacío alimentándose,
una puerta pálida como el frío de los ciegos.
Yo también tuve un silencio:
era estrecho y apretaba
como la tos de los irremediables enfermos.
Pero ya rompe el círculo para hacerse voz.
Que nadie diga luego:
no lo imaginaba.
Cada hombre tiene su palabra
Cada palabra tiene su sentido.
Que nadie guiñe luego el ojo en los conciertos.
sólo creo en el ronco grito de las marímbulas
que con la tierra rugen.
Cuando seas alguien
I
No espero mi nombre en las encuestas,
camino hacia otro resplandor.
Escucho voces que murmuran:
Cuando seas
alguien podrás decir,
ya soy alguien,
amarás decir,
si quieres ser
alguien no debes decir.
Como si esa proposición de barnizado yugo
pudiera convencernos.
Modelar,
y luego pájaros tristes preguntan por
nosotros.
No. Hace ya varias guerras elegimos
la estrella, el pecho abierto, la mano
siempre lista.
No vamos a ser otros, seguimos siendo fieles,
al fin y al cabo el tiempo es nuestro
y nuestra es la tierra.
Cruzan las piernas y mirando al mar murmuran:
cuando
todo se confunde
es fácil ascender
barajando bien las cartas,
basta saber
moverse en la marea
como hace la blandísima
arena que jamás traspasa el veril.
Y con esa letanía trataban de cegarnos.
II
Para no caer como
una mosca en la tela
juega tu vida en
las corrientes
y al margen, con
rabia y dolor, con toda el alma,
con hambre y miedo
y paz
siempre puedes
gritar, y decir:
Soy alguien,
y no espero mi nombre en las encuestas.
Camino hasta las primeras luces,
enciendo alguna lámpara porque soy
cualquiera
y a todos nos importa,
el halo del rocío en las flores abiertas.
Murmuren y barajen esas cartas marcadas
los que nunca dieron su mano.
De tanto no ser nadie y no cambiar un rostro
que irremediablemente arde,
tenemos en la mirada el tiempo:
una estrella que abrasa para siempre
a los murmuradores.
Vivo
Un
corazón
no puede terminar
como una panetela
almibarado
desmembrable
entre los dientes del mundo.
El hombre prevalecerá sobre todas las
angustias, dice William Faulkner
Sobre la angustia de un amanecer
donde
no estás.
Sobre el blanquísimo sol
y
la dolorosa penumbra cuando llueve.
Sobre la angustia de los cómplices
traidores.
Sobre el golpe de las gotas
en
el fondo.
Sobre la angustia del lazo
y
las correas.
Sobre el más lento redoblar
de
las campanas.
Sobre la angustia de los cielos
perdidos.
Sobre vicios y bondades y
desesperanza
y melodías.
Sobre colmos y mañanas
el
hombre será más que silencio.
Sobre la angustia de su propio miedo
prevalecerá.
Márgenes
Jamás, hombres
humanos,
hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,
en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!
Jamás tanto cariño doloroso,
jamás tan cerca arremetió lo lejos,
jamás el fuego nunca
jugó mejor su rol de frío muerto!
César
Vallejo
Viendo los autos
pasar hacia Occidente
En las pequeñas
ciudades del centro de Cuba
las calles, habitualmente bulliciosas y
dulces,
se quedan vacías en los meses de
invierno.
Yo he vivido esa pesada quietud.
Los estudiantes se han marchado a
descubrir el mundo
y una paz, una extraña y larga ausencia,
llega hasta las paredes y penetra al interior de los edificios.
Los clubes, las casas de cultura, los
campos deportivos,
semejan un set, cuidadosamente preparado,
que espera el regreso de los actores
para continuar
la filmación.
En las pequeñas ciudades del centro de
Cuba
todo es ausencia y espera en los meses
de invierno.
Yo he vivido esa pesada quietud.
Noches de febrero en la esquina vacía
de Libertad y Paseo,
viendo los autos pasar hacia Occidente.
Como quien ve a una muchacha de piel muy
limpia y cabellos negros
pasar gustosa hacia otro hombre.
Ciudad de todos los domingos
Querría quedarme en esta ciudad:
su manera de reír me gusta ciertamente.
Una eternidad cruza hacia los bailes,
deja en mi mano un vaso de cerveza,
unas músicas duras, y las puertas de la
casa,
abiertas, con héroes y borrachos
palabreando,
friendo carne, brindándose
la vida
alrededor del fuego.
¿Quién hizo más por el país?
Escucho esa pregunta desde mi ventana de
pasajero
y siento lo efímero de las verdades
eternas.
Yo querría quedarme en esta ciudad
que grita en el tiempo pálido,
mientras cruza jugando hacia los bailes.
El calibre de las
armas
Detrás de los
cristales
palidece la
memoria de otro tiempo,
los objetos más
simples de una época
que la historia quiso
elegir,
la crudeza y la claridad
que hacen a las cosas
eternas.
Voy por los museos
tras la huella de un
pasado
que da sentido a esta
hora,
busco en mi vida
el destello inconfundible
que anuncie el momento
del cambio,
la cegadora luz de
entonces
(los bailes de fin de año,
el lenguaje de una
adolescente
—su
rostro de cabellos cortos
en el interior del papel—
el calibre de las armas,
las palabras del Maestro
a la emigración,
la multitud
manifiestamente inmóvil
sobre la tierra húmeda)
Las galerías están
desiertas
y en el patio de losas
siento venir los meses de
invierno.
Respiro el aire en que
convergen
los tiempos de la isla,
busco un momento en mi
vida:
el destello inconfundible
que anuncie
el principio del cambio.
La crudeza y la claridad
que dan a las cosas
comunes
el fuego de lo eterno.
Lejos de la
corriente
El humo siempre irá a
desvanecerse,
pero nosotros...
giramos cerca del
campanario
con la dicha de mirar un
poco más lejos.
Lástima no ser fuerte ni
preciso
para abrir de golpe el
ojo:
sé que vería el paso de
los navegantes
dieciocho metros sobre la
antigua realidad.
Pero no tenemos ancho ni
lugar,
no escogimos las armas.
Ella posa húmeda en los
muros,
cuenta que me siguió en
la brújula del astro
sólo por el vino de esta
noche.
Luego podrá decir que
nunca estuvo,
pero no es el viento
quien alumbra el faro y
pide:
tú que cruzas el mar
enmudecido,
encalla en mi desnudez más
intima.
Ella en la penumbra
mantendrá ese tacto
en que exijo y me suicido,
y únicamente somos
la terca ilusión de
nadar fieles en un lejano paraje
y volver, con la astucia
de los sinceros,
a mi casa, a mi perro, a
mi día de soñar.
El humo siempre irá a
desvanecerse,
pero nosotros...
Dieciocho metros no es el
borde más terrible
ahora que la sirena dicta
su canción al náufrago.
El quemante ojo de
Romeo
Para Odalys Victoria,
un largo de felicidad.
El brillo único
de las constelaciones
rueda a lo largo del
canapé,
donde el vino y los
cigarros arden.
Vuelven y se besan. No
temen perderse.
Y rueda el cielo a lo
largo del canapé,
hacia los más profundos
sitios del aire.
Adentrados en sus cuerpos
exploran el pasado.
Donde siempre quiso haber
un largo de felicidad
hay este minuto de
preguntarse la vida,
este temblor en las
terrazas,
este hacer algo
histórico sobre los golpes de viento
y la cambiante sombra de
los muros.
Seco con un beso tus
pestañas:
la felicidad es un corazón
para estar despiertos,
si modelamos la íntima
palabra
salvada como un grano de
su cáscara.
Mañana puede no haber
ningún friso en que asciendas
por mi impulso prendida
al techo,
despeinada y sostenida,
mientras caen livianas
monedas en el calor del vino.
No importa, nada importa
más que este instante
abierto como el cielo en
las baldosas,
hermoso como un rostro al
paso de los labios.
La vida sigue siendo un
abanico, un rayo de luna,
una levitación palpable
en la memoria.
El aire rueda en los
muros y rueda la felicidad
a lo largo del canapé, y
dibuja en los cuerpos desnudos
el brillo único de las
constelaciones.
Los
tonos del ángel
Por
Juana Lilliam
El invierno apaga los cielos de la Niña.
Pero yo comienzo a descorrer su lámpara.
No tengo otro
prodigio que el puro deseo
(manos, ámenla, no tengo otro prodigio).
Más allá de la tarde el piano deja en
mí sus nostalgias.
Yo digo: Con el muro a la espalda
los cómplices
van a morir. No llores. Acaso fíjate
qué música
acerca las ciudades.
Pequeño es el aro de la luz.
Pero yo descorro la lámpara del ángel.
(... y la claridad de noviembre es larga y limpia, escribe en un
costado de la sábana. Luego se abraza las rodillas y simula pensar en mí después
de muchos años. En su costado de la sábana ella escribe. Todo ocurre como la
fiesta del silencio en las cabezas, y
la claridad de noviembre es larga y limpia, escribe...)
Luz que amanece y duele,
no hubiese creído este esplendor y su
espejo.
Luz que amanece y duele,
sé que la voz y el tiempo me condenarán
si escapa.
Digo: Hágase la luz,
y la claridad de noviembre es larga y
limpia.
No lo hubiese creído:
que alguien develara así
el misterio alimentado en otro juego.
Pérdida
de la inocencia
Cuando el ángel terminó de llorar
alguien más humano cruzó el agua,
y se detuvo.
Magnetizaban lo pálido del rostro
y su voz, sencillamente tirada en la
pared.
Llegaba la noche para el cielo y la
tierra.
El ángel levantó su mano en el aire
como si empezar ese gesto ya lo salvara.
Tenía entre los dedos un cabello de luz
y lo acercó a la corteza del árbol.
Era un lenguaje de tristezas
por la claridad perdida.
Vicarias
blancas
Bordes que hieren el
cielo de mi infancia.
He dormido sin sueño
doce iguales minutos
en una noche de lobos que buscan su carne en el asfalto.
En una distancia imposible.
Como mi madre doce horas de un mismo
dolor.
Como doce rostros de mi abuelo sin río
y sin peces.
Como Paulina Gutiérrez toda la
eternidad vacía
(ahora va su polvo hacia una tierra entre vicarias blancas).
¿Qué lenguaje dirá las soledades?
¿Qué sonido en verdad significa adiós para siempre, amén?
Es absoluto el
silencio de Caridad Fuentes Gutiérrez
junto a la tierra que espera el cuerpo
de su madre.
Es absoluto el silencio de Armando
Fuentes
asombrado y solo después de setenta años
de amor.
Es absoluto mi silencio en la distancia imposible del asfalto.
(entre vicarias blancas va su eternidad
hacia Dios).
Sé que mi madre sostiene la tierra sin
una lágrima.
Sé que mi madre sostiene en la mano el rostro de su padre.
Sé que mi madre sostiene la luz.
Es una noche de lobos
en la carne del asfalto
y en mi herida regresan el río y los
peces de abuelo,
las vicarias blancas de Paulina Gutiérrez,
el cielo de mi infancia.
Yo les veo la mirada sin palabras y
regreso a casa.
Todavía el más profundo dolor está por anunciar su eternidad.
Valle de los reyes
Imitación
de Teresa Melo
Pero
nosotros
los desnudos
sabemos que es cierto.
El hombre
no se conoce
por el peso de su mortaja
sino por las pirámides que construye.
Márgenes
En las márgenes del río Máximo,
a la caída de la tarde,
hice que pasara el tiempo
—abstraído en la
contemplación.
Una hora —un milenio—
de gozosa indiferencia hacia las formas de
lo real
—un siglo cada
tarde me permití ese verano.
Entonces no conocía otro lenguaje
que los habituales juegos de una infancia
cuidada y libre
—modelada
entre los límites de la provincia,
la plaza pública y el antiguo árbol
familiar.
Aquel verano
fijó los temas de mi adolescencia
y la imagen de estos días
—repetidos, más
o menos iguales, de mi vida.
Ser feliz, anclado a la deriva en las márgenes
del río.
Los cuerpos de los
otros nadaban deseosos
río adentro
—en contra o a
favor de la corriente—
hacia los remolinos que bullían en la zona
de los saltaderos.
Pero yo permanecí a la deriva,
anclado en las márgenes, sin un gesto de
placer o dolor
que denunciara mi aventura.
Ajeno a la sustancia física
del agua
—abstraído en la
contemplación de no recuerdo qué vacío,
qué figuración extraña, qué palabras—
era descuidadamente feliz, sin un motivo
real, ese verano.
Quizá por última vez, quizá sin saber cuánto.
Los textos escogidos
I
Después un amigo me envió unos textos de Borges.
Eran peligrosas reproducciones en mimeógrafo
encuadernadas con el escaso papel de bodega
que pudo pagar.
Sobre la íntima pobreza que anunciaba el soporte
estaban las palabras, la ruidosa inocencia de un gesto
de juventud, que descreía
del fracaso y del éxito,
de las escuelas
literarias y de sus dogmas.
Eran, supe luego, apenas seis los textos escogidos
entre los mil y un poemas que Borges tradujo,
mirando las antiguas estrellas desde estos barrios del Sur.
II
Cafés de Palermo Viejo, calle Florida,
certidumbre y tiempo deseable, ya eterno, de la Recoleta.
Atestiguo la belleza y las mejillas que el amor desea,
la derrota, la falsía, el río de cielo que fundó la ciudad.
El primer puente de
Constitución y a mis pies
el tedio ruinoso que se ordena hacia los arrabales infinitos,
las Obras escogidas de
Jorge Luis Borges:
Naipes, bife, editoriales orientales y occidentales,
precios de oferta, tapas plastificadas, papel bond.
Veredas donde un cuerpo prefigura otro cuerpo,
una inteligencia otra inteligencia, una sensibilidad otra
que vuelve en mi memoria circular.
III
Un idioma es una
tradición, un modo de sentir la realidad.
Mi lejano amigo espera aún de mi poesía una magia
que nos haga recordar los textos escogidos.
Tú buscas en los numerosos stands cuál tipografía
hará el milagro
de eternizar una circunstancia que sé azarosa y frágil.
En esos movimientos de mi vida adivino los Límites de El
otro,
el mismo; Lo perdido de El
oro de los tigres.
Es Buenos Aires, su fervor, y puedo definir la claridad:
las palabras que intento para ti son también palabras
que en otra latitud del círculo mi lejano amigo espera.
Confundo, al evocar el gesto, su mano y la tuya, su libro
y el tuyo.
Bajo una luz muy blanca
Para
Marian Medina.
En las sucesivas noches de diciembre
la música
baja desde los pisos superiores
hasta mi
habitación,
iluminada por
una luz muy blanca.
Yo escribo el
renunciamiento de los hombres
y me ofrezco
jugo de toronjas;
luego fumo y
contemplo allá arriba
las
intermitencias del satélite, su destello
en el primer
minuto del nuevo día.
Ajena a la
rareza de ese instante,
la mujer de mi
eternidad
duerme en la
penumbra de otra habitación.
Yo beso sus
manos cada hora
y fumo y
ofrezco a mis fieras preguntas
un vaso helado de
jugo de toronjas;
luego espero hasta el
amanecer
otro destello del satélite,
otro movimiento de luz en los golpes de baile.
Sucesivas noches de diciembre
en que la música baja desde los pisos superiores
hasta mi habitación,
y festeja Navidad y festeja Año Nuevo,
mientras escribo el renunciamiento de los hombres
bajo una luz muy blanca.
Noches de 1990.
He visto moverse un disco
en las noches de La
Habana.
Fue sólo un instante.
Pero esa presencia de lo
desconocido
en las olas de octubre,
esa claridad al alcance
de mi mano,
anuncian los bordes de un
nuevo horizonte.
He visto moverse un disco
en las noches de La
Habana.
Flotando en el cielo
abierto he escuchado su música.
Y puedo estar y ser feliz
en cualquier sitio
donde sea posible el mar.
Un golpe de remo en el agua
Un
golpe
de remo
en el agua
Un
golpe
de remo
en el agua
Traza
el
remero
en
el
mar
el
esqueleto
sin
límites
de
un
pez.
Escrituras visibles
La hermosa memoria de un día en el mar.
Figuras que sumerges
hacia un brazo de agua más tranquilo y limpio,
más intenso
que la imagen o la palabra fuego,
tantas veces igualada por ti a la idea de la libertad.
Es todo lo que puedes hacer.
Mira el dolor tatuado en la ceniza,
los escombros
de otras intensidades muertas por la congelación o el límite.
Demasiado esperabas de la vida.
Todo lo que puedes hacer es un lenguaje
iluminado por esencias
y por la belleza que ves en el conocimiento de las cosas.
No mentir otros miedos.
No fingir que tu silencio olvide
la significación y el peso de alguna antigua tradición.
Lo sabes, finalmente, demasiado esperabas de la vida
y esto es todo lo que puedes hacer:
escrituras visibles, de una inocencia desnuda y hechizante.
Más perdurables e intensas que la palabra fuego,
o tu idea, o cualquier imagen
que antes igualabas a la libertad.
Cayo Perlas
Has escuchado la
palabra maravilla.
Cayo Perlas:
un rostro, dos rostros, un rostro...
Evocada
en la magia de su significado original,
has escuchado la palabra.
Es la seducción
y el deseo por la naturaleza del trópico.
Cayo Perlas:
un cuerpo, dos cuerpos, un cuerpo...
Es la antigua transparencia del Mar Caribe,
su fuerza,
evocada en la magia de su significado
original.
Y tú has escuchado la palabra.
Mientras
sea posible
Ve mientras sea posible:
ella te espera.
Encantada en los bordes
—pacientemente—
nada una piscina más, espera una vez más,
para besarte
antes de subir al paisaje ámbar de la
habitación.
Desnuda en el agua
—ligerísima—
ella te espera:
ajena al cansancio senil de la madrugada
y a la brevedad de unos días felices
que ya terminan.
Ve mientras sea posible:
mientras permanece en el agua
—ofrecido—
el cuerpo que deseas,
el cuerpo que tu escritura
nunca podrá nombrar.
Idea de la rosa azul
Para
Viviana Cosentino Llanes,
la
prefiguración de su existencia.
I
Rubia vestida de azul, de azul y no de
negro,
de azul y blanco, de blanco y blanco.
Y no de negro.
Rosa que se eleva en el agua
por la luz del Este, en la costa juvenil y
sola.
Y no en las cambiantes tinieblas.
Y no en el servicio estéril del
ennegrecimiento.
Cuerpo de la transparencia que se abre
en plena superficie, en la arena de la
costa.
Y no en la frustración del sexo.
Y no en la caducidad de los salones.
Yo entro al azul como antaño entraba al
espejo.
Yo descubro en el blanco la resonancia del
suelo
en las iniciaciones.
II
Rubia desnuda de azul, de azul y no de
negro,
de azul y blanco, de blanco y blanco.
Y no de negro.
Rosa imposible y cierta
en la alegría de la costa a la hora del
alba.
Y no en la fatuidad sin nombre.
Y no en los balnearios de la indiferencia.
Cuerpo de la imagen que sugiere la pureza
en una intensidad irreal, en el silencio de
la costa.
Y no en la sombra pagada.
Y no en el ritual de la serpiente.
Yo entro a esa rosa con los ojos cálidos.
Yo descubro en ella la altivez y el deseo
de los
nacimientos.
un día en la blancura de minks
Septiembre
de 1990
Es septiembre,
caen las hojas hacia la podredumbre.
Acerco a mis manos la cabeza de Laritza:
escultura realista, la hierba es verde y
suave
y es la podredumbre,
dos que caen hacia la podredumbre.
En la lentitud de los parques
—ironías del espejo, la luna del otoño
asoma entre las ramas—
rasgo el papel y los cielos pálidos,
meridianos de un mundo que nadie hizo
para mí.
Había escrito:
Ya nada puede asombrarme.
Pero alguien dicta mis palabras:
Somos terribles —y cae hacia el
costado.
el fuego es terrible —y rasga mi vida.
La voz terrible —y dinamita un mundo.
Dice verdades que yo no quería:
Bajo los árboles somos terribles con
miedo.
Acerco a mis manos la cabeza de Laritza:
es la podredumbre, verde y suave
—ironías del espejo, asoma entre las
ramas
la luna del novecientos noventa.
Es un día en la blancura de Minks
y yo quisiera ser feliz,
ver que una hoja desciende con limpieza
hacia los tiempos.
Pero alguien dicta mis palabras:
Es la
podredumbre,
es septiembre que lanza las hojas
muertas
hacia el fuego entre los árboles.
Y cae una escultura hacia el costado.
Gastadas
imágenes de antaño
Que la tristeza no me impulse hacia el
mar.
Costas de La Habana, abiertas
en los días de invierno de mil
novecientos noventa,
que la tristeza no me obligue a ser otro.
Gastadas imágenes de antaño:
la piel de manzana de las niñas en un
auto azul
y el ojo irónico de los hijos de
Occidente
con su mirada posmoderna en la memoria
de las islas.
Costas de La Habana, dispuestas para el
viaje
en las noches más frías de enero,
que la tristeza no me lleve a morir en
las playas.
Que la tristeza no me impulse hacia el
mar.
Dentro
de mil o cincuenta años
Es por la felicidad que escribo estas
cosas.
Los discos, el ocaso, las monedas, la
espera interminable
bajo la sombra apacible de los árboles.
La silueta, ligeramente inclinada y sola,
de una muchacha hermosa que todas las tardes a las seis,
tiende su ropa del día en los balcones
blancos.
El silencio de las balsas que salen al
mar
y los pasajeros sin voz, cada vez más
lejos de la costa
que habitaron, agitando sus manos en el
agua.
Es por la felicidad de unas noches aún
lejanas.
Como esos pescadores que en el interior
de sus botes
recogen el naylon y lo lanzan y ven
pasar las lunas
sin agotarse nunca —con la misma
estudiada paciencia—
miro pasar la historia bajo la sombra
apacible de los árboles
y escribo estas levedades.
La profundidad del azul en el ojo del
pez
me ofrece los mejores motivos.
No la fuerza con que el viento arrastra
cuando penetra en las ciudades del Golfo.
No el movimiento de las batallas que
enrojecen el cielo,
haciendo más visible el sentido trascendente de las palabras.
Escribo estas levedades para noches aún lejanas.
Para la felicidad de sorprenderme un instante
—dentro de mil o cincuenta años—
mirando una silueta inclinada en los balcones blancos,
mientras el ocaso, las monedas, los discos
giran su espera interminable en el aire del mar.
Distinto a las balsas que parten
y a esos pasajeros que en el silencio agitan sus manos,
intentando vanamente retener una costa
que ya para siempre se aleja.
Pisos húmedos
Vuelves a estar en
los pisos húmedos de la casa lejana
de donde en verdad
nunca has partido.
En su florescencia de
marzo
los altos mangos iban también en esos viajes,
picoteaban las aves tu café de las seis en el patio de lajas,
era la sonrisa de tu hermana lo que iluminaba las postales
y recogía en los
espejos el humo del padre,
los silencios de la
madre, la ausencia de Miguel.
Todo iba contigo por
el mundo.
Todas las cosas
simples
donde aprendiste a
encontrar tu nombre.
Todo iba contigo en
esos viajes.
Vuelves a estar luego de veinte años en los pisos húmedos
de Masó 151 —que
no es avenida al mar—sino calle que termina
en el agrio
movimiento de las vegas de tabaco.
Todo lo que en este
tiempo has visto
era hermoso y extraño:
los distintos lenguajes de los hombres,
el gozo de tocar las
nubes y vivir la paz del cielo,
los cuerpos que se
ofrecían gustosos y sueltos
en las escaleras de
los night clubs.
Todo se te oculta frente a la claridad
de este instante.
y ya sabes qué significa partir,
qué te esperaba más allá de las
fantasías de neón,
qué encontrarás en las próximas
ciudades.
Toda esa belleza extraña y ajena, toda
esa sabiduría
—y la iluminación que pudiste gozar en los sitios lejanos—
entraba en ti para que reconocieras la
humedad de estos pisos.
que en tus manos pusieron estos largos
veinte años
nada hubiese sido claramente tuyo,
nunca hubieses podido decir: por encima de todas las cosas
el tono azul de los cuadros de familia,
la florescencia de marzo sobre las aves
del patio.
Todo se te oculta frente a la claridad
de este instante.
Y aún así, vuelves a estar de espaldas
a la puerta,
vuelves a escuchar tu adiós en los
pisos húmedos,
vuelves a buscar en nuevos viajes esta
casa lejana
de donde, en verdad, nunca has partido.
Fayad
Jamis
de
la piedra y la honda
Salvatore
Quasimodo
Uno de la ciudad
Ve por el bulevar de Obispo.
Olvidado de todo y de todos,
con un libro de René Char en la mano,
cumple el rito de la ceniza:
incluye tu incertidumbre
en el
relato de las proezas de los otros.
Una tarde cualquiera, en la Plaza de Armas,
empuja una puerta:
el origen dudoso de los mitos, el espacio
de fábula
que agradecen la caballería y la flota,
esperan de ti una pregunta,
un signo de ironía o plenitud.
Considera cuán legítimo es ese
sentimiento,
ese vivo deseo
de escapar a la nulidad de los días
habituales.
Contempla este lugar: un siglo cubano
mostrado al capricho de los restauradores.
Entra a los barrios de La Habana, antigua y
marinera:
junto a los puntos de leche
las mulatas anuncian su cuerpo
con la estética voceadora del pregón.
Haz que dure ese instante hallado entre el
sueño y la vigilia.
No te obligues en demasía.
Descansa una tarde
y ve hasta la sombra acogedora de los
nuevos toldos.
Si ya estás listo.
Si todavía eres uno de la ciudad.
Lejos, en la baja gravedad
Lejos, en la baja gravedad, dejé flotar
las cosas una noche.
Estábamos muy juntos, creo, porque el aire
era frío.
Mirábamos el resplandor rojizo de un astro
en el cielo
y, a veces,
un poco de la aridez o la estulticia que
corroen esta tierra.
El humo en los fragmentos de luz también
flotaba.
En el canal de la bahía pitó dos veces un
barco holandés.
Mi lengua repitió esta palabra: Litiusg,
litiusg.
Todo lo imposible tuvimos esa noche desde
una ventana
abierta.
Estábamos muy juntos, lo recuerdo siempre.
Lejos, en la baja gravedad, las sirenas de
tu pie danzaban.
El frío de los años
Dibujaba
un rostro de
gato
en la pared
—vacía,
nueva, recién pintada.
El rostro de
un gato
sin enigmas
y luego su
piel
—sin manchas.
Dibujaba
la copia
virtual
de una copia
anterior
del rostro
posible
de un gato
ya extinguido
—sin vida.
El rostro seco
de un gato
cualquiera
—sin
esfuerzo,
sin ninguna
tajadura.
Igual
escribo en la
pantalla vacía
las palabras
gato / rostro / pared
sin que pase
nada
—ninguna
revelación,
ninguna
pregunta.
La vida y el arte
son fríos.
Y nada significan
lo nuevo / el sueño / una piel
o la expresión
en los ojos de
un gato
—no vivo,
escrito, no vivo,
dibujado al
azar,
entre el humo
y la niebla,
por el
inconsciente.
Fin de siglo
N
i
n
g
u
n
a
lógica
Ahora
que todo
ha terminado
ninguna
lógica
explicaría
el vacío.
Niebla de la crisis. Pequeño relato
En los años de la crisis
iniciamos largas conversaciones por teléfono.
Cada noche discaba un número de otro
municipio
—que para
nosotros era oscuramente
otra distante ciudad, otra aduana
infranqueable,
el otro extremo del mundo.
Discaba a medianoche la señal esperada:
dos veces el timbre, y luego volvía a
discar.
En el otro extremo del mundo ella permanecía
desnuda.
Nada fue comparable entonces —tampoco después—
a la plenitud que su voz trasmitía
al decir: Hola.
Escribo sin pretender novedad
—como se escribe
al regreso del límite—
las palabras de un contexto que asumí
fielmente.
Ella dictó estos diálogos, estas voces
habituales:
El cubrecamas de raso está sobre el piso,
por la frialdad,
y yo estoy de espaldas sobre el cubrecamas.
Tu voz está sobre mi cuerpo —le hace bien a
mi cuerpo
la claridad de tu voz
en la penumbra de estos años.
Muchas veces disqué ese número capturado
al azar.
Una noche
el timbre en la casa distante la trajo
hasta mi puerta.
En el otro extremo del mundo ella escuchaba
una canción:
sentí el arpegio de la cuerda en la boca
del teléfono
y entramos juntos a la sala de conciertos.
Puntualmente a las doce vivimos esos años
las vidas posibles de La Habana:
ahora un cine, después un café, más
tarde
un paseo junto al mar.
Era nuestra ficción de La Habana
una ciudad más palpable que la ciudad
apagada, física,
real.
Nunca la vi fuera de aquellos diálogos,
nunca lo intentamos.
Cortada la ciudad en pedazos distantes,
sorprendidos también nosotros por la
niebla de la crisis,
quisimos salvar el sentido de esas vidas:
la intensidad o el relato o la imagen o el
deseo de una voz
capturada por azar en las líneas telefónicas
de una ciudad fantasma.
Noches de
1995, 1996 y 1997
Imitación de Kavafis
Era hija de un eminente y honorable
cirujano de una isla del Caribe.
Trabajaba en un gran hospital. Llevaba
ropas sencillas.
Los zapatos blancos, humildes y muy limpios.
Las manos finas, habituadas al bisturí.
Por las noches, ya lejos del salón de
operaciones,
cuando sentía un enorme deseo
por una joya más o menos fina,
una joya para lucir en las pocas noches de
fiesta,
o si detrás de una vidriera había visto y
codiciado
un hermoso vestido azul,