(Cabaiguán, 1961)
Escritor, investigador y promotor cultural.
en Galerie UNESCO l'oeuvre de Edel Morales, Cubain
résidant à la Havane
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Lejos
de
la corriente
Edel
Morales
Poesía
Escribí estos poemas durante veinte años.
Las cosas han cambiado mucho en ese tiempo, algunas más allá de todo límite
previsible. Esos cambios han dejado su huella en la escritura, también en mi
biografía, en las lecturas realizadas y en los escenarios económicos,
sociales, tecnológicos o naturales en que interactuamos. Pero mi idea de la
poesía y del ser humano que la hace, necesita y merece no ha variado en lo
esencial. Y creo que estos textos muestran esa continuidad.
No se si es bueno o malo. A mi me complace,
amigo Lector, encontrar estremecimientos y preguntas similares en todo el
trayecto, descubrir que las palabras sostienen su sentido, y que su intensidad
es mayor cuando han expresado bien el instante de su ya difuso origen.
Quisiera, por supuesto, que esa esencia
permanezca. Que no se erosione el sentimiento. Que sea otra vez febrero cuando
vuelvo a este poema: Tienes la cólera/ el enigma/ la sabiduría// el halo de
luz/ la altiva belleza// y el deseo irrefrenable/ que extravía la razón// Así
debieron ser las diosas/ que cantaban los antiguos. Y que en el pórtico de un
libro de poemas sea posible siempre una dedicatoria sencilla, como esta:
Para
Vivian, por amor.
Luis
Rogelio Nogueras
la
belleza no es nada
sino
el principio de lo terrible
Rainer
María Rilke
Desde el año de la noria
Contaba una vez un rey
que
ganó su trono en la sangre.
Yo, y el que ustedes imaginan fiero,
nos hemos visto antes.
Alguna luz murió sin ser por el
cansancio.
Algún ciruelo perdió raíces desde
entonces.
Pero no hay día más terco que los años
de la adolescencia firme.
Yo, y el que ustedes imaginan,
preguntamos juntos.
Era el año de la noria con barcos en la
costa.
Todos gritando abajo.
Todos gritando arriba.
Todos listos a caer y hacernos piedra,
mientras eso fuese una manera de elevar
la confianza.
¡Qué terrible el tiempo para
trastocarnos tanto!
¡Qué fulgor de espejos para
confundirse uno!
Porque ocurre como en
las viejas historias.
Yo, y el que ustedes imaginan,
estamos mirando hacia un cielo distinto.
Y así jamás la estrella brillará para
los dos.
Así jamás el
grito será igual en los parques públicos.
Somos únicamente
peces regados por la crecida.
El otro, y este que ustedes imaginan
fiero,
al acecho del momento de saltar.
¡Oh, voz, no calles,
antes de cruzar los miedos!
Noches de 1980
He visto caer el sol
detrás de las colinas.
Como esos viejos que se detienen
y pasan las calles
aferrados a mi mano.
He visto caer el sol
detrás de las colinas.
Y siento caer las noches de la isla
encima de mi cuerpo.
Tercera mirada a la sicología del poema
Escojo palabras en la claridad del día.
Sé que es inútil
—el resplandor, los claroscuros,
la más profunda sombra.
Quise un cuerpo limpio y fuerte.
Quise caminar por el país.
Quise decir lo que sabía y lo que soñaba.
Escojo pedazos de agua en la claridad
del día
Sé que es inútil —mi inocencia, mi
rabia,
mi tristeza de niño frente al acero de
las armas.
Ustedes no conocerán la historia.
Yo quisiera estar sentado en el suelo de
una casa,
con varias maravillas al alcance de la
mano:
una bebida fresca y excitante, una música
que ayude
a caminar por el país, el brazo
izquierdo y suave
de una muchacha largamente conocida,
y las voces de mis nueve amigos más
queridos y leales.
Yo quisiera que algún narrador contara
por mí
las dos historias.
Salí a la calle,
tuve un sitio, elegí mi voz.
Sé que es inútil —la rabia, la tristeza,
la inocencia de un niño frente al peso
de la historia.
Pero estoy sentado en el suelo mientras el tiempo transcurre.
Miro pasar el resplandor, los claroscuros,
la más profunda sombra.
escojo
palabras, pedazos de agua en la claridad del día.
Y escribo mi esperanza de que algún narrador
pueda contar la historia.
Y gozo decir: buenas noches. Y no olviden.
Desplazamientos
Antes
la
luz
brillaba
en
los
altos
edificios.
Antes
no
era
hoy
que
me
hago
estas
preguntas.
Partir
Ya para entonces
me había dado cuenta
de que buscar era mi signo.
J. CORTÁZAR.
Fiel a su manía de partir,
el niño que fui me azota el costado.
Estoy ante el espejo
y nadie entiende mi ahogo:
por qué recorro la casa, abro las
ventanas,
y el aire sigue detenido.
Duele mucho este
silencio:
la leyenda de puertas
tapiadas
que no dice nada de mí,
y el tiempo paciente moviendo su garrote.
No puedo
cortar el corazón y ponerlo en la sala
a que incite el hambre de los
visitadores:
siempre el sol,
con sus figuras veloces sobre las lajas del patio,
trae a mis tardes de abril la inquietante belleza
y la cruda eternidad del cambio.
Quiero arder en un
final que parezca aventura
y despierte aquella voz de antaño,
cuando burlaba las vigilancias mejor
establecidas.
Quemante, bueno y fiel a su manía de
partir,
el niño que fui sonríe, dice adiós,
azota gustoso mi costado.
Y las lajas del patio comienzan su largo incendio:
una curación más palpable que cualquier cicatriz.
Los pies desnudos
No tengo nada.
Sólo el amor
de una muchacha
y mis párpados abiertos.
Así puedo
correr sobre la hierba
húmeda y punzante.
Sabiendo
que a esa certeza
llamarán locura.
La libertad es
infinita. Sic
Bajo el duro afiche que da sentido a
esta hora,
contemplo el rostro de los bailadores.
Manos distintas se mueven en el aire.
Se mueve una voz,
muchachas pegadas al sudor
y las guitarras que una estrella acerca
por su luz.
Fascinados en esa alucinación giramos
libremente,
sin miedo y sin otra voluntad que estar
vivos,
así giramos, todos bellos en el crepúsculo
de la ciudad.
Pasa Laura llevando el ritmo en los
labios.
Pasa Fernan con un toque de rock sobre
botellas.
Pasa el mar, azul y gris clarísimo.
Blancas monedas que la libertad desnuda.
Contemplo el rostro
de los bailadores
y el efímero resplandor de las cosas más
puras.
¡Qué difícil para mi ojo humano
mirar de frente esa única luz!
Pero siguen dentro refulgiendo sus destellos.
Toda una noche con la
mano en el agua
Bailar de noche con las manos en la arena.
Nadar pegado a los entrantes.
Y mis dedos no tendrán
paz hasta encontrar el fondo
donde como en un cielo habitan gaviotas
—la iridiscente luz de los huesos de
los ahogados,
golpeando en mis ojos para no caerme.
Qué marea en las pupilas, qué cuento
de nunca acabar.
Una braza tiene
longitud, la otra recurva
hacia la costa de piedras para ganar los
cocos.
Un lugar definitivo es La Boca,
con su tradición de veleros que bajan
al río
y una muchacha pegada al gobernable.
Qué duras piernas las mías para no ceder
al abrazo de las algas.
Si los peces me
llevaran a la próxima frontera
y una vez allí saltase yo —como
Armstrong o Colón,
pero sin fotos ni reproducciones.
Qué marea en las pupilas, qué cuento de nunca acabar,
qué duras piernas las mías para no ceder
al abrazo de las algas.
Nadar toda una noche con la mano pegada a los entrantes.
y los párpados cansados, subiendo
la fosforescente caja de los que quisieron bailar.
¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre?
¿Quién?,
cuando mi hermano termina el lazo en su
segunda bota
y Addis Abeba se mece como una flor.
Otro mes los camiones bajaban la
cordillera en niebla
y mamá preguntaba por las manos de
Miguel.
Cubavisión, Correos Air, toda la noche un sólo sueño
y titila azul el satélite a lo lejos.
¿Quién ordena en este mundo el lamento
de mi madre?
¿Quién
desde una casa ingrávida y ajena
dicta así mi insomnio,
ordena en este mundo el lamento de mi
madre?
Viene con dos lágrimas
en cada mano plural
y yo
Me acuerdo que jugábamos esta hora,
y que mamá
nos acariciaba: “Pero, hijos...”
Por el jardín y en
cada laja del patio
pasa, irredimible,
el tiempo,
pasa, irredimible y
fugaz, todo el tiempo;
y pasan, vigilantes, los grillos, la única
luciérnaga
con luz, con luz, con luz.
no tardarás, Miguel, susurro, no tardarás.
Pero el mundo es un nicho cerrado, las
horas
un juego cruel, el tiempo un lamento
humano
—redondo
y olvidado y cruel
y
otra vez redondo y olvidado y cruel y muchas veces más.
un simple nicho olvidado después de la explosión.
Estación de
invierno
Abro completamente
desnudo la ventana
y miro: arriba las
estrellas siguen alumbrando
una fiesta de la que sólo
escuché el rumor.
Músicas que no siempre
fluyen para el hombre
en la noche irónica y
danzante.
Música sin la fantasía
de mis dedos.
¡Qué largo es el
silencio!
Contempló el
ancho cielo estrellado de mi patria
y esas calles que se
alejan, se pierden, me dejan solo...
Músicas que van y vienen
y regresan luego,
danzando libres y no
iguales hacia y desde un mar sombrío.
La felicidad adormece mi
voz y luego se aleja,
mientras abro
completamente desnudo la ventana
y miro.
Toda la cabeza
Un pájaro
se mueve
en las maderas del techo.
Está apedreado
y no podrá
salvar el ruido de sus
alas.
Pero se acerca a las
vigas más duras.
Su traslación
es mínima, inapresable,
capaz de enloquecernos.
Y en la gravedad de sus
plumas
se nos pierde el fuego
del arquero.
Sufro en agonía
este dolor
de entonces:
el pájaro que cae,
se mueve
y alcanza las vigas más
duras.
El mínimo,
inapresable,
infinito dolor
de las patas de un pájaro,
haciendo caer hacia
nosotros
el polvo de su eternidad.
De la ausencia y la noche
No queda más que marcharse.
Y buscar luciérnagas en los patios
dormidos.
Y conquistar en la ciudad los puentes.
Y habitar en soledad la casa.
Y dibujar tus ojos en las paredes
blancas.
Y regresar despacio hasta la puerta.
Y olvidar tus ojos, y olvidar, y
olvidarlos.
Sabiendo que mañana o luego, siempre
la noche los traerá.
Calle G. 1982
Una noche partíamos almendras en la
calle G.
Eran más de las 12 y tú y aquella saya de flores blancas,
parecían la eternidad.
Yo me detuve un momento a contemplar la luz
y el paso de los autos por La Habana de 1982.
Todo resultaba tan sencillo.
El viejo mar bendito frente a la estatua de Calixto García.
Tu rostro avanzando en la semiclaridad de los pinos.
El golpe con que mi mano buscaba
en la roja intimidad de la almendra.
Todo resultaba tan sencillo
como la vida del agua que se escurre entre los dedos.
No debía venir nadie.
No esperábamos a nadie.
Yo me detuve un momento a contemplar la luz
y el paso de los autos por La Habana de 1982.
Tú, y aquella saya de flores blancas,
parecían la eternidad.
Mujer gozando su desnudez
Las piernas recogidas,
el pelo cansado,
distinta.