Rosse Marie Caballero

hojas de eva

 

 

Primera edición

200 ejemplares

Rosse Marie Caballero

2004

depósito legal: 2-1-1468-03

Cochabamba-Bolivia

ISBN 956-8230-10-6

Diseño de portada: Carlos Rimassa

Diagramación: Hernán Giurastante

 

Apostrophes Ediciones
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Merced 324

Santiago - Chile

Tel / Fax: (56-2) 638 6245

e-mail: ediciones@apos.cl

 

A manera de prólogo

 

La poesía como arte auténtico va mostrando la complicada urdimbre del acontecer de la vida y, desde un tiempo atrás, la irrupción de nuevos poetas que significan nuevos libros, nuevas miradas, sensibilidades abiertas que hacen palpable exploraciones en lo más profundo del alma. En ese protagonismo está la poesía escrita por mujeres que, sin duda, se atreven a mostrar en sus nobilísimos versos un alma madura y el clima superior que las envuelve.

 

A esta voz interior pertenece Rosse Marie Caballero. Con recatada expresión vemos cómo va trabajando el pensamiento por salir afuera, por salir desde los rincones secretos de la emoción hecha de un constante ir y venir del paisaje al jardín, del aire al susurro. Y no de otra cosa está hecho su libro “Hojas de Eva”. Emoción sincera y bien expresada que se mueve con comodidad repleta de motivos revelando una austera serenidad ligada a las mejores disposiciones expresadas en la sugestiva forma del verso.

 

Este libro es, finalmente, un libro de poesía en el que muestra lo puro y esencial de un acontecer íntimo y reconcentrado, conceptos e imágenes que, partiendo de un acoplamiento con el mundo, mantienen un equilibrio de musicalidad y contenida pasión.

 

 

 

Carlos Rimassa
Cochabamba, Octubre, 2003

A los locos que me amaron un poquito.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


uno

 

Les sanglots longs

de violons

de l’automne

blessent mon coeur

d’une langueur   monotone…

 

Paul Verlaine

 



Candideces

 

Si pudiera retronacer

en aquel brillante atardecer

cuando niña el cabello peinaba

con peinecito de oro

 y horquillas de cristal

caroliluri caroliluri…

 

O si pudiera anudar un lazo rosa

en la frente virgen de mi adolescencia

volvería a enumerar las estrellas

cada una más pequeña y lejana

o volvería a mirar por los balcones

para ver pasar a los muchachos tristes

de aquel tiempo.

 

Pero el reloj es de acero

inquebrantable y sereno

sus agujas no transpiran el sudor

de los gentíos.

 

La sal del tiempo es polvo seco

tan blanco pálido como el olvido.

Si pudiéramos

caroliluri caroliluri

coralizar las rondas infantiles

en tonadillas silvestres de mil colores

o revenir los pasos perdidos en el camino

de ilusiones cristalinas con-fundidas

al calor de alguna lágrima…

 

Pero la nieve derretida es agua

y bajará por las laderas hasta la fuente

para volver a ser nube y luego lluvia

y, tal vez, en otra vida, otra vez nieve.


 

Tres

 De tanto amar

el amor ya fatigado

lluvia, céfiro, mares, vientos.

Vientos –duendes del Levante-

hojas secas, polvo, arena.

En el umbral los naranjos,

casi rojos, amarillos han tornado.

 

Nubes blancas, mortajuelas

grises, plomizas, esfumantes

en el fondo de la sombra se ha quedado

la encendida lamparilla titilante.

¿Cómo vencer al sueño herido

cuando el alma desterrada no camina?

Vientos –duendes del Poniente-

hojas secas, polvo, arena.

 

No camina, no. Duerme.

-trémulas palidecen sus mejillas-

O tal vez desfallecida sueña el eterno

navegar de los mortales.

 

Trashumante cielo oscuro sin arroyos

has de abrigar esa divina palabra

sin testigos. Una firma negra y sola

en el envés de la luna

dice adiós al buen destino.

 

Adiós... ¡ una palabra tan débil !

Vientos –duendes del Levante-

hojas secas, polvo, arena.

 

Hay que inventar la muralla que divida

el odio de palabras vocingleras

hay que verter en la tinaja de arcilla

otras aguas atmosféricas, más tranquilas.

 

Vientos –duendes del Poniente-

hojas secas, polvo, arena.

En el umbral los naranjos,

casi rojos, amarillos han tornado.


 

Feuilles d’automne

 

Te imagino

caminar bajo la lluvia

pisar las hojas secas del otoño

hojas secas del otoño

hojas blancas... hojas faibles.

 

Hojas secas, manto negro

gota a gota la lluvia fuliginosa

y  helada

con la brisa del invierno que se acerca

a pellizcos se ha encontrado.

Un paraguas tan delgado

sobre el corazón deshecho

cubre el llanto que las nubes

solitarias han dejado.

 

Pecho herido

cada frase tus arterias han sangrado

y en el rostro la mirada

de un vencido, de un vencido.

Por las calles lentas bajas,

te imagino

pecho herido. Las gaviotas

no navegan en la arena

sólo tú, vagabunda hoja seca,

vas rasgando lo intangible.

 

(Te imagino caminar bajo la lluvia).


La espuma

 

A lo lejos

la penumbra esclarecía...

manos pérfidas clavaron

en los pétalos de rosa desengaños.

 

Crisantemos amarillos

alelíes, sois la espuma, sois la espuma.

 

Las palabras

todas libres coqueteaban con la luna

y ella , sola, pobre, frágil pajarilla

las creía 

las creía.

 

Crisantemos amarillos

alelíes, sois la espuma, sois la espuma.

 

Los almendros

de sus grandes hojas quietas

desprendían

las mentiras

las mentiras.

Por su boca transitaron

bellas sílabas desnudas

por sus dientes perfumados

los fonemas

escapaban 

escapaban.

 

Crisantemos casi, casi amarillos

sois la espuma, sois la espuma.

 

A lo lejos

la mirada de un poeta

al claror de una vidriera

escribía

escribía

y las ráfagas de viento

cual cuchillos afilados

al cristal de su mirada

transgredían...

transgredían.

 

Crisantemos casi, casi amarillos

casi, casi  sois la espuma... la espuma.


Caen las hojas en el otoño

 

Caen las hojas en el otoño

arces, álamos, cipreses

la noche quieta en la ventana

despide al día, lejana estrella.

 

Vuela el símbolo mágico de las palabras

susurra el viento al polvo el canto

de un cisne ausente que está muriendo

caen las hojas en el otoño...

 

La tierra enjuga su última lágrima

un cirio azul dentro la esfera

rima la danza de los latidos

arces , álamos, cipreses.

 

Arces, álamos, cipreses...

el monte esconde en su mirada

la hoja sagrada maniatada

abre su vientre y en él la encierra

caen las hojas en el otoño.


Espejismos

 

Ojos linces...

le brillaban ilusiones cual jazmines

y el color limón sutil de su mirada

el paisaje del adiós desdibujaba.

 

Nardos blancos

tantas flores, tantos cardos...

 

Desde el mítico fondo del lago

llamaba el dios de la isla

el del sol,  el de la luna

la escalinata de pulidas rocas viejas

por los siglos de los siglos

en su corazón de indio reposaba.

 

Nardos blancos

tantas flores, tantos cardos...

 

-¿Conociste tú las flores de tu entorno?

-Sólo hierba y pajabrava

-¿Y por qué de tus montañas escapaste?
-No lo sé.. para buscar en los huertos

de otras tierras mi jazmín o cardo blanco

que entre sueños su perfume adivinaba.

 

Nardos blancos...

tantas flores,  tantos cardos

en la barca de papel azul finísimo.

 


Te esperaré

 La muerte llegó muy temprano

apenas el alba clareaba

al frente de mis ojos

tal vez el fulgor de otros ojos

de antaño obnubilaron la luz

la nieve en los picos del Illimani

gritaba el amor que por tus labios fluía.

 

Entonces canté

las melodías de la brisa junto a mi ventana

calmé la sed con el agua

de tu cántaro de arcilla.

 

Aquellos años impalpables,

solitarios gigantes inatrapables.

¿Sabes?

Inatrapables sí, pero no inacariciables.

Crié unos ojos verdolagos

límpidos como el cristal

crié tu piel bajo mi almohada

y viví ahí, recostada junto a tu sombra.

 

Tú vagarás por el mar de puerto en puerto

y yo  -tal vez-  esperaré

sobre una barca de madera envejecida

o dentro de un ataúd fosforescente.


 

Tal vez

 Tal vez algunos nombres he olvidado

de aquellas luces que brillaban en la estepa

fueron lumbre, fuego, incendio, estalactitas, meteoros, asteroides.

 

Los caminos de mi tierra

arrastran sombras que deambulan

cementerios desolados

de crisantemos encrespados.

 

Tal vez alguna lluvia

dejó una gota en La Tablada

que no moja ya la hierba

porque es poca

corre el río y la cigarra

canta al agua su abandono

mas no es canto, es poesía

que el rumor del riachuelo

no percibe.

 

Corre el río y

la cigarra gime su melancolía

una barca de papel

en ella se hunde

y el agua quieta y tranquila

inocente de su pena

fluye abajo tan callada.

 

El cirio triste azul flamea

lánguidamente el ave vuela

la circunferencia se va cerrando,

el ave en ella se va asfixiando

 

La cigarra, a lo lejos, un brinco

otro brinco, el grillo, el cántico,

la espuma.

Tal vez algunos nombres he olvidado.

 


Madre

 Una rosa peregrina

-poesía de aroma en movimiento-

llegaría hasta tu huerto

-hermana de la fragancia- madre sola.

Desde tu alma iluminada

su perfume de ilusiones ha brotado.

 

Una rosa deshojada del jardín de la inocencia

color, alas, terciopelo…

tu corola de sonoros pétalos desnuda.

Madre, entregada ante la cruz de la ausencia

martirizas pálidas tus manos en el fogón apagado.

 

En las sobrias porcelanas de oferta

depositas la mirada, triste, sola

caminando un paso y otro y otro paso

las laderas de recuerdos añorados.

 

¿Dónde volaron las aves que tu nido han dejado?

otras tierras tramontaron, mares, aires

tras las huellas imperfectas del destino.

 

Amanece en tu ventana y sollozando

has descuidado la flor que regándola criabas.

La flor se hizo fruto y del fruto la semilla procreada

regresa a ti en un paquete postal, fotografiada.

 

Tu vida no vale nada sin el canto

que las voces de tus hijos olvidaron.

 

La semilla en otro huerto sonriente

sembrarás una mañana de estío

semilunas en tus ojos han de abrigar ese sueño

y volverás a regar otras plantas, otras flores

y otros frutos de tu estampa, madre sola.

 

Y en tu pelo ha de posarse la espuma

nieve, blanca, fina y suave

de los años impalpables que han pasado.

 


Dos joyas

(a mauricio y mónica)

 

Como astros altivos

dos joyas en jade engastadas:

uno diamante, la otra amatista

el primero rubí, la segunda

perla de coral.

 

Dos dioses olímpicos

el sol y la luna

uno el bravo río, la otra la mar

ésta la montaña, el otro el cielo.

 

Dos imperios:

el Incásico y el Gran Paitití

emergen perennes

creando la patria

firme, augusta, solemne

el niño y la niña

que Bolivia abriga.

 

La caracola
La caracola arrastra su vagabunda herida,

se aleja soberana: el acantilado

-cementerio de cristalinas sensaciones-

despoblado. A lo lejos navegarán otras velas

al soplido fantasmal de algunos vientos.

 

Apenas la ventanilla nostálgica

de unos días terminados:

TODO HA MUERTO

la poesía no es, ya no,  poesía

se ha quedado archivada en un folio

de carpeta bien labrada.

 

Volver

adonde nadie espera

al infinito mar del Poniente

las palabras han callado sus símbolos apagados.

Volver

sin el unísono grito de la esfinge

con el dolor implantado en las arterias.

 

Marinero, la barca se ha transformado

en roca, arena o sal.


 

La vida mató a la muerte

 Una sola vez murió la muerte

(ella sigue imperturbable y callada

en su habitación ilícita).

La sal parida por su volcánica boca

se llevó azogada la respiración del espejo.

 

¿Qué es la vida?

 

La viajera de un tren desconocido

una estación de frontera

que espera inconmovible su apertura

una falla de cartón para la Cremà

o una tora en Zaragoza que danza contra el torero.

 

Una quimera clandestina.

 

¿Y qué la muerte?

 

Un sepulcro blanco sin ruido permitido

la tristeza del viento en las montañas

una languidez sin adjetivo

o una lengua extranjera incomprendida.

La enigmática  utopía.

 

Ningún secreto es ya secreto

sólo el silencio mudo del silencio.

 

La vida vive mientras escribe su poesía.



dos

 

 

El bosque entona canciones de paz

o fieros poemas de olvido.

 


El manifiesto

 

Sufro

por el devaluado nombre de mi patria

por los guardias de museos en el mundo

por la indiferencia del turista multilingüe

por los niños en los lienzos mal pintados.

 

La sombra esparce sus mil enigmas

el ancho bosque verde ha  cambiado

en negro fuego sus lentas hojas.

 

Protesto

por el esplendor de capitales milenarias

por la miseria de los pueblos conquistados

por las religiones que han ateízado la palabra

por la geografía que ha marcado el destino de los hombres.

 

 

La sal devora del mar las aguas

tierra y montañas se yerguen crueles

arena y rocas cubren los campos.

 

Solicito

romper las fronteras hilvanadas en la épica de los siglos

construir un paraíso infinito donde los exploradores

no perturben el sueño de la luna

dialogar con el amor que no necesita traductores

saltar de la cruz en la que nos habéis eternizado

plantar una bandera blanca en el mar.

 

Las olas funden la vida y muerte