200 ejemplares
Rosse Marie Caballero
2004
depósito legal: 2-1-1468-03
ISBN 956-8230-10-6
Apostrophes
Ediciones
www.apos.cl
Santiago
- Chile
Tel
/ Fax: (56-2) 638 6245
e-mail:
ediciones@apos.cl
A
esta voz interior pertenece Rosse Marie Caballero. Con recatada expresión vemos
cómo va trabajando el pensamiento por salir afuera, por salir desde los
rincones secretos de la emoción hecha de un constante ir y venir del paisaje al
jardín, del aire al susurro. Y no de otra cosa está hecho su libro “Hojas de
Eva”. Emoción sincera y bien expresada que se mueve con comodidad repleta de
motivos revelando una austera serenidad ligada a las mejores disposiciones
expresadas en la sugestiva forma del verso.
Este
libro es, finalmente, un libro de poesía en el que muestra lo puro y esencial
de un acontecer íntimo y reconcentrado, conceptos e imágenes que, partiendo de
un acoplamiento con el mundo, mantienen un equilibrio de musicalidad y contenida
pasión.
uno
Les sanglots longs
de violons
de l’automne
blessent mon coeur
d’une langueur
monotone…
Paul Verlaine
Candideces
Si pudiera retronacer
en aquel brillante atardecer
cuando niña el cabello peinaba
con peinecito
de oro
y
horquillas de cristal
O si pudiera anudar un lazo rosa
en la frente virgen de mi adolescencia
volvería a enumerar las estrellas
cada una más pequeña y lejana
o volvería a mirar por los balcones
para ver pasar a los muchachos tristes
de aquel tiempo.
Pero el reloj es de acero
inquebrantable y sereno
sus agujas no transpiran el sudor
de los gentíos.
La sal del tiempo es polvo seco
tan blanco pálido como el olvido.
Si pudiéramos
coralizar las rondas infantiles
en tonadillas silvestres de mil colores
o revenir los pasos perdidos en el camino
de ilusiones cristalinas con-fundidas
al calor de alguna lágrima…
Pero la nieve derretida es agua
y bajará por las laderas hasta la fuente
para volver a ser nube y luego lluvia
y, tal vez, en otra vida, otra vez nieve.
Tres
el amor ya fatigado
lluvia, céfiro, mares, vientos.
Vientos –duendes
del Levante-
hojas secas,
polvo, arena.
En el umbral
los naranjos,
casi rojos,
amarillos han tornado.
Nubes blancas, mortajuelas
grises, plomizas, esfumantes
en el fondo de la sombra se ha quedado
la encendida lamparilla titilante.
¿Cómo vencer al sueño herido
cuando el alma desterrada no camina?
Vientos –duendes
del Poniente-
hojas secas,
polvo, arena.
No camina, no. Duerme.
-trémulas palidecen sus mejillas-
O tal vez desfallecida sueña el eterno
navegar de los mortales.
Trashumante cielo oscuro sin arroyos
has de abrigar esa divina palabra
sin testigos. Una firma negra y sola
en el envés de la luna
dice adiós al buen destino.
Adiós... ¡ una palabra tan débil !
Vientos –duendes
del Levante-
hojas secas,
polvo, arena.
Hay que inventar la muralla que divida
el odio de palabras vocingleras
hay que verter en la tinaja de arcilla
otras aguas atmosféricas, más tranquilas.
Vientos –duendes
del Poniente-
hojas secas,
polvo, arena.
En el umbral
los naranjos,
casi rojos,
amarillos han tornado.
Feuilles
d’automne
Te
imagino
caminar
bajo la lluvia
pisar
las hojas secas del otoño
hojas
secas del otoño
hojas
blancas... hojas faibles.
Hojas
secas, manto negro
gota
a gota la lluvia fuliginosa
y
helada
con
la brisa del invierno que se acerca
a
pellizcos se ha encontrado.
Un
paraguas tan delgado
sobre
el corazón deshecho
cubre
el llanto que las nubes
solitarias
han dejado.
Pecho
herido
cada
frase tus arterias han sangrado
y
en el rostro la mirada
de
un vencido, de un vencido.
Por
las calles lentas bajas,
te
imagino
pecho
herido. Las gaviotas
no
navegan en la arena
sólo
tú, vagabunda hoja seca,
vas
rasgando lo intangible.
(Te
imagino caminar bajo la lluvia).
La
espuma
A
lo lejos
la
penumbra esclarecía...
manos
pérfidas clavaron
en
los pétalos de rosa desengaños.
Crisantemos amarillos
alelíes, sois la espuma, sois la espuma.
Las
palabras
todas
libres coqueteaban con la luna
y
ella , sola, pobre, frágil pajarilla
las
creía
las
creía.
Crisantemos amarillos
alelíes, sois la espuma, sois la espuma.
Los
almendros
de
sus grandes hojas quietas
desprendían
las
mentiras
las
mentiras.
Por
su boca transitaron
bellas
sílabas desnudas
por
sus dientes perfumados
los
fonemas
escapaban
escapaban.
Crisantemos casi, casi amarillos
sois la espuma, sois la espuma.
la
mirada de un poeta
al
claror de una vidriera
escribía
escribía
y
las ráfagas de viento
cual
cuchillos afilados
al
cristal de su mirada
transgredían...
transgredían.
Crisantemos casi, casi amarillos
casi, casi
sois la espuma... la espuma.
Caen las hojas en el otoño
arces, álamos, cipreses
la
noche quieta en la ventana
despide
al día, lejana estrella.
Vuela
el símbolo mágico de las palabras
susurra
el viento al polvo el canto
de
un cisne ausente que está muriendo
caen las hojas en el otoño...
La
tierra enjuga su última lágrima
un
cirio azul dentro la esfera
rima
la danza de los latidos
arces , álamos, cipreses.
Arces, álamos, cipreses...
el
monte esconde en su mirada
la
hoja sagrada maniatada
abre
su vientre y en él la encierra
caen las hojas en el otoño.
Espejismos
Ojos
linces...
le
brillaban ilusiones cual jazmines
y
el color limón sutil de su mirada
el
paisaje del adiós desdibujaba.
Nardos blancos
tantas flores, tantos cardos...
Desde
el mítico fondo del lago
llamaba
el dios de la isla
el
del sol, el de la luna
la
escalinata de pulidas rocas viejas
por
los siglos de los siglos
en
su corazón de indio reposaba.
Nardos blancos
tantas flores, tantos cardos...
-¿Conociste
tú las flores de tu entorno?
-Sólo
hierba y pajabrava
-¿Y
por qué de tus montañas escapaste?
-No lo sé.. para buscar en los huertos
de
otras tierras mi jazmín o cardo blanco
que
entre sueños su perfume adivinaba.
Nardos blancos...
tantas flores,
tantos cardos
en la barca de papel azul finísimo.
Te
esperaré
apenas
el alba clareaba
al
frente de mis ojos
tal
vez el fulgor de otros ojos
de
antaño obnubilaron la luz
la
nieve en los picos del Illimani
gritaba
el amor que por tus labios fluía.
Entonces
canté
las
melodías de la brisa junto a mi ventana
calmé
la sed con el agua
de
tu cántaro de arcilla.
Aquellos
años impalpables,
solitarios
gigantes inatrapables.
¿Sabes?
Inatrapables
sí, pero no inacariciables.
Crié
unos ojos verdolagos
límpidos
como el cristal
crié
tu piel bajo mi almohada
y
viví ahí, recostada junto a tu sombra.
Tú
vagarás por el mar de puerto en puerto
y
yo -tal vez-
esperaré
sobre
una barca de madera envejecida
o
dentro de un ataúd fosforescente.
Tal
vez
de
aquellas luces que brillaban en la estepa
fueron
lumbre, fuego, incendio, estalactitas, meteoros, asteroides.
Los
caminos de mi tierra
arrastran
sombras que deambulan
cementerios
desolados
de
crisantemos encrespados.
Tal
vez alguna lluvia
dejó
una gota en
que
no moja ya la hierba
porque
es poca
corre
el río y la cigarra
canta
al agua su abandono
mas
no es canto, es poesía
que
el rumor del riachuelo
no
percibe.
Corre
el río y
la
cigarra gime su melancolía
una
barca de papel
en
ella se hunde
y
el agua quieta y tranquila
inocente
de su pena
fluye
abajo tan callada.
El
cirio triste azul flamea
lánguidamente
el ave vuela
la
circunferencia se va cerrando,
el
ave en ella se va asfixiando
La
cigarra, a lo lejos, un brinco
otro
brinco, el grillo, el cántico,
la
espuma.
Tal
vez algunos nombres he olvidado.
Madre
-poesía
de aroma en movimiento-
llegaría
hasta tu huerto
-hermana
de la fragancia- madre sola.
Desde
tu alma iluminada
su
perfume de ilusiones ha brotado.
Una
rosa deshojada del jardín de la inocencia
color,
alas, terciopelo…
tu
corola de sonoros pétalos desnuda.
Madre,
entregada ante la cruz de la ausencia
martirizas
pálidas tus manos en el fogón apagado.
En
las sobrias porcelanas de oferta
depositas
la mirada, triste, sola
caminando
un paso y otro y otro paso
las
laderas de recuerdos añorados.
¿Dónde
volaron las aves que tu nido han dejado?
otras
tierras tramontaron, mares, aires
tras
las huellas imperfectas del destino.
Amanece en tu ventana y sollozando
has descuidado la flor que regándola
criabas.
La flor se hizo fruto y del fruto
la semilla procreada
regresa a ti en un paquete postal,
fotografiada.
Tu vida no vale nada sin el canto
que las voces de tus hijos
olvidaron.
La semilla en otro huerto
sonriente
sembrarás una mañana de estío
semilunas en tus ojos han de
abrigar ese sueño
y volverás a regar otras plantas,
otras flores
y otros frutos de tu estampa,
madre sola.
Y en tu pelo ha de posarse la
espuma
nieve, blanca, fina y suave
de los años impalpables que han
pasado.
Dos
joyas
(a
mauricio y mónica)
Como
astros altivos
dos
joyas en jade engastadas:
uno
diamante, la otra amatista
el
primero rubí, la segunda
perla
de coral.
Dos
dioses olímpicos
el
sol y la luna
uno
el bravo río, la otra la mar
ésta
la montaña, el otro el cielo.
Dos
imperios:
el
Incásico y el Gran Paitití
emergen
perennes
creando
la patria
firme,
augusta, solemne
el
niño y la niña
que Bolivia abriga.
El bosque entona canciones de paz
o fieros poemas de olvido.
El
manifiesto
La sombra esparce sus mil enigmas
el ancho bosque verde ha
cambiado
La sal devora del mar las aguas
Las
olas funden la vida y muerte